Un día llegó al pueblo un adivino. El adivino no tenía dinero y pedía comida a cambio de leer el futuro. En pocos días, muchos eran los que iban de vez en cuando a dar comida al adivino a cambio la buena ventura. Curiosamente el futuro les deparaba repleto de éxitos, fortuna y gloria a aquellos que más asiduamente le traían comida, cosa que hacía que algunos le trajeran no sólo comida sino también dinero. En poco tiempo, se pudo permitir una casa y cada vez fue más ostentosa. Pese a los ostentosos regalos, el adivino continuaba con sus pertrechos del mismo día que había llegado al pueblo. En sus inmediaciones fueron apareciendo algunos ídolos y tótems, y la gente empezó a oír nombres de nuevos dioses en las oraciones y predicciones del adivino. Pero, algunos hombres del pueblo, descontentos con su fama inmerecida y recelosos de la veracidad de sus promesas y de sus nuevos dioses, amparados por la noche, decidieron raptar al adivino para echarlo lejos del pueblo.

Los hombres cogieron por los lados las sábanas que cubrían su lecho, lo apalearon y lo metieron dentro de un saco. Cruzaron todo el bosque durante la noche y tiraron el saco en un cruce de caminos sin indicaciones. Cuando llegaron a la madrugada al pueblo, se encontraron al adivino sentado encima del saco y sus sábanas. Cuando se le acercaron para comprobar que no era una visión o una treta del adivino, éste les sopló unos polvos que les quemaron los ojos. Cuando todo el pueblo hubo salido de sus casas por los gritos que oían, el adivino les indicó en voz alta lo que había sucedido. Y maldijo a los culpables con predicciones de mala ventura para todo el que se juntara con ellos.

Dicho esto, volvió a su casa y allí estuvo recluido todo el día, sin dejar que nadie entrase y no respondiendo a ninguna petición. De su chimenea, que habitualmente salía humo grisáceo, durante todo el día salió humo negro; y del habitual olor a incienso y a hierbas, estuvo despidiendo olor a ceniza y piel quemada. Ante dichos indicios, la gente del pueblo ajustició a los hombres responsables del rapto y los expulsaron del pueblo, ante los sollozos de sólo algunas de sus mujeres.

A partir de ese día, las predicciones del adivino que siempre habían sido poco exactas y encaminadas a dar esperanzas de grandeza a pobres campesinos, se tornaron de una exactitud macabra y dadas a la fatalidad. Parecía ser que la buena ventura sólo sonreiría a los que habían sido fieles a él desde el inicio. Se desentendía de su implicación en los cambios repentinos de la suerte de la mayoría del pueblo y sugirió que todo era designio de los dioses. Ante las incesantes peticiones de la gente con regalos más lujosos, empezó a acceder a interceder con sus oraciones para redirigir la senda del destino hacia el buen camino. Algunas personas se volcaron más en las atenciones hacia el adivino que en sus propios trabajos, hijos, maridos o mujeres.

Y así fue como el adivino se convirtió en una de las figuras más influyentes del pueblo. Hasta el día que llegó la peste. La gente que había empezado a adorar a los dioses del adivino, veían como la gente continuaba muriendo. No acostumbrados a pedir soluciones a corto plazo, ya que el adivino siempre hablaba del futuro, los aldeanos subieron ellos mismos el precio para que hablase con los dioses, le prometieron casas nuevas, joyas e incluso pasar la noche con mujeres jóvenes, a cambio de salvar sus vidas y las de su familia. Algunos pedían que se llevasen la vida de sus vecinos si hacían falta almas en compensación.

El adivino se encerró en su casa y no respondió ni recibió ninguna persona que llamase, y aún y las insistencias del pueblo, la gente iba muriendo. Empezó a llover de manera torrencial y la gente del pueblo lo tomó como un mal augurio, pues no salía ningún tipo de humo de la chimenea del adivino. Algunos empezaron a desconfiar, entraron en su casa y lo encontraron muerto por la peste en su interior. Muchos entraron en pánico, pues si ni el propio adivino se había podido salvar, nadie podría hacerlo. Pero una mujer descubrió el engaño, y vio que el cadáver que ocupaba el lecho del adivino era de un hombre del pueblo que había sido enterrado ayer, aunque el parecido con el adivino era parcial y los ropajes le daban más credibilidad, lo reconoció por una cicatriz de caza que tenía en el pecho, pues había yacido con él hacía años cuando buscaba marido.

La muchedumbre iracunda buscó por todo el pueblo, el bosque, la playa y cualquier sitio donde se podría haber escondido. Finalmente, una partida lo encontró refugiado en una cueva del bosque junto con algunos objetos de valor que se había llevado consigo. Lo sacaron a rastras de la cueva y el adivino al ver que su instinto repentino les incitaba a molerle a palos, empezó a increparles en un lenguaje desconocido que nunca habían oído y les lanzó polvos de sus bolsillos que, por efecto de la lluvia, no llegaron a los rostros de ninguno de los presentes. Algunos dudaron más por miedo que por respeto, pero otros que habían prometido regalos al adivino por salvar a gente que había acabado muerta, no dudaron y lo golpearon hasta la saciedad. Le ataron las manos y lo llevaron hacia el pueblo mientras gritaba por el dolor de sus magulladuras.

Se decidió por mayoría que el adivino, por su negligencia en momentos de necesidad del pueblo, debía ser ajusticiado con la pena de muerte. Lo metieron dentro de un saco junto con sus ídolos y fetiches, y lo rociaron con sus ungüentos y aceites. Lo llevaron hasta el acantilado y lo lanzaron contra el arrecife. Las oleadas engulleron el saco y arrojaron seguidamente todas sus pertenencias, fueran abalorios o joyas regaladas por gente del pueblo.

A la mañana siguiente, unos niños regresaron con el saco y algunos de los abalorios rotos que habían encontrado en la playa, pero dijeron que no habían visto ningún rastro del cuerpo del adivino. Normalmente, el mar engullía todo lo que le tiraran un día de tormenta y no devolvía nada a su costa. Todo el pueblo pasó varios días más atemorizado por el regreso de un colérico adivino que por la muerte de un ser querido por a manos de la peste. Al cabo de pocos días, el miedo a ambas cosas fue menguando, la gente ya no enfermaba y la muerte o el escarmiento del adivino era más cierto en sus cabezas. Con el tiempo, volvieron a mirarse a los ojos y no a sus manos, a mirar hacia el presente más que en el futuro, y a ver la esperanza en los ojos de los niños que en las grandilocuentes y falsas promesas de un adivino.

Lejos, muy lejos de allí, un día llegó a otro pueblo un adivino. El adivino, parecía magullado y no tenía dinero, por lo que pedía comida a cambio de leer la buenaventura a aquellos buen de corazón que se compadecieran de él.

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