Querría hacer aquí una de mis pausas, para decir que estamos acercándonos al final de la historia. Estábamos frente a lo más extraño que habíamos tenido oportunidad de ver en toda nuestra carrera como detectives, caza criminales o como quieran llamarlo. Esta situación me recordaba a mis primeras pesquisas en la parte más sombría de Arkham. No sabía lo que iba a pasar, no estaba seguro de que fuese a salir bien, incluso temía por mi vida. La diferencia respecto a esos días, es que, en este caso, también temía por aquellos que me importaban, porque ni siquiera sabía si mi mejor amigo aún estaba vivo. La emoción y la tensión me mantenían alerta, sufría también del habitual dolor agudo y punzante en mi abdomen, pero esa vez no podía confiar en la morfina, necesitaba todos mis sentidos, incluido poder sentir dolor. Era consciente de que no comprendía a lo que me enfrentaba, que esto iba más allá de mi capacidad de razonar. Nos habíamos adentrado a los límites humanos, algo arcano, antiguo, difuso.

Eso acrecentaba mi interés y reducía mis opciones a saber improvisar, a adaptarme a las reglas de un juego al que se nos tenía prohibido jugar. He de reconocer que, en el fondo de mis temores, mi miedo y mis pocas opciones de sobrevivir, había disfrute. Esto era algo distinto, real, nuevo, fascinante. Cuanto más sabía, más quería saber, y más me acercaba al peligro de la muerte o la locura. Ansiaba comprenderlo, pero debía conformarme en vencerlo. Por ello, decidí centrarme en lo que dijo Trish, siempre más terrenal y sensata que yo: salvar a nuestro amigo, salir de allí con vida, olvidar los criminales y los crímenes si es posible, una vez hecho, la fuerza bruta de Devitt debería bastar. Pero la duda estaba sembrada, estaba a una mala pregunta de ser el gato que siempre muere.

Trish había rodeado el edificio, escalando las ruinas y ahora esperaba en un ventanal roto a mi señal para entrar, pues yo lo haría desde una gran grieta en la pared. El plan, en primera instancia, era observar de cerca. Ver qué había dentro y actuar en consecuencia. No conocíamos el alcance de sus poderes, no sabíamos si tenían ojos alrededor, pero nuestra única opción, en principio, era el sigilo.

De lejos pude ver a Trish en posición, mirando directamente lo que había dentro, en la oscuridad, y vi en su rostro un caos nacido de una tormenta de emociones que la hacía adoptar un gesto difícilmente reconocible, así de llamativo fue. Creo que incluso aguantó unas arcadas nada comunes en ella, el terror se veía reflejado en sus ojos. Me adelanté, mientras ella se recuperaba de vislumbrar lo que me tocaría vivir a mí. Una vez en la grieta, empecé a colarme hasta que tuve campo de visión suficiente para ver el monasterio en su totalidad.

La vista, el sonido, incluso el olor, todo era horrible. Mis disculpas si me tomo más tiempo del debido para recrearme en esta descripción, pues allí, en el seno de la organización, vi lo más espeluznante que he podido soportar hasta hoy. Aun no comprendo —y créanme, ansío hacerlo— con exactitud lo que estaba sucediendo en aquel lugar infernal, pero sin duda era algo alejado de la simple imaginación y crueldad humana.

El monasterio dejaba entrar la tenue luz de luna por las grietas, ventanales, y partes de techo derruidas que había en él, aunque la gran fuente de luz venía de sus mismas entrañas. El lugar estaba repleto de velas: por el suelo, sobre altar, mesas y bancos… Su efecto, sin embargo, era opuesto a su naturaleza, ya que, con el fuego, la cera en ellas, convertida en líquido, rebosaba, e inundaba el suelo a su alrededor, encharcando todo el lugar. Conté al menos doce sectarios, más el líder de la sociedad, Alastor que estaba oficiando los ritos. Había cinco confesionarios dispuestos en desorden en el edificio. En cada uno de ellos, se estaba realizando el mismo ritual en distintas fases, observándolos todos pude averiguar el proceso completo sin llegar adivinar su fin. Para una mejor comprensión lo narraré desde el principio hasta el final, y no en el orden que pude verlos.

En la entrada del confesionario, había cinco velas formando un círculo, el primer paso era colocar al sujeto justo en el centro. Éstos parecían ser conscientes de sus actos, y estar despiertos, pues no se negaban ni rechazaban el trato que se les daba. Alastor —parecía el único encargado del ritual, probablemente era el único capacitado—, justo en frente de su víctima, comenzaba unos rezos y murmullos ininteligibles. Las velas se elevaban, rodeando poco a poco, a la altura de la cabeza a su preso. El líder extendía entonces su brazo, cogiendo una de las velas en levitación, y la soplaba, extinguiendo su fuego. Recuerdo perfectamente la reacción de aquel pobre diablo, al que le realizaban el rito en ese momento. Se revolvió sobre sí mismo, clamando injurias y blasfemias, anfitrión de un dolor que casi podía sentir sin yo sufrirlo. Se calmó finalmente, con el aliento entrecortado, dijo una frase final:

—No veo.

Se repitió entonces la misma experiencia con las otras cuatro velas restantes.

—No huelo.

—No oigo.

—No siento.

—…

Quedó desprovisto de sus sentidos, convertido en una cascara de carne y hueso, opresor de sí mismo, apenas un cerebro roto y un alma encerrada. El próximo paso era encerrarle en el confesionario. En él, había un pequeño orificio en el techo, donde caía gota a gota un reguero de cera ardiente, que inundaba lentamente la prisión, golpeando, quemando y maltratando la carne insensible del preso. Los lamentos vagos y débiles, trasladados en el viento cargado de odio y dolor, se hacían insoportables con los segundos, e inhumanos con los minutos. Dudo que se lamentasen por el dolor, ya que no creo que pudieran sentirlo, lo hacían para comprobar que seguían vivos, de alguna forma desesperada y retorcida. Algunos de ellos ni se imaginarían que aún existían dentro de su prisión de carne. Lo que sentían, lejos quedaba de un simple y terrenal dolor, más aún de cualquier cosa que nosotros podamos llegar a comprender, o siquiera describir. Estaban separándolos de todo, de sí mismos, aislándolos en su propio interior, en una negrura, en un vacío insondable e inabarcable. No podían llevarlos al infierno, así que lo habían traído hasta sus cabezas, transformando, de paso, sus cuerpos en sus purgatorios personales.

Los leves murmullos cesaron cuando el nivel de la cera superaba su altura, sumiéndolos en el sueño final. Apenas rebosaba de cera el confesionario, añadían una especie de báculo por el orificio ensanchado hasta atravesarlo por completo. En cierto momento ofrecía más resistencia. Sin duda atravesaban los cuerpos —cadáveres quería creer a esas alturas—. Bien sujetos, Alastor añadía un farolillo lleno de esas mágicas velas, en la parte del báculo que quedaba fuera del confesionario, derramando a su vez, más cera sobre él.

Fue entonces cuando descubrí el objetivo de tan prohibido arte. La presión del líquido hacía crujir y ceder la madera, haciendo derrumbar  el confesionario cuando la cocción estaba lista. Y mientras dejaba caer toda la cera acumulada al suelo, inundando aún más la estancia, quedaba libre la abominación. La persona que había entrado, rota y quebrada, ahora ya no era algo propio de los humanos. Era una bestia, una mutación, un monstruo. La forma y silueta era parecida a la de su antecesor, pero lo cubría una densa capa de cera endurecida, aumentando su tamaño, altura y constitución. No había formas en sus facciones; ni ojos, ni boca, ni orejas, nada. Solo un muñeco andante, atravesado por el pecho con el báculo.

Tras reposar unos minutos, la criatura comenzaba a caminar, desorientada. El resto de la cera del lugar parecía seguirle, y con solo unos leves movimientos de sus extremidades, la cera se movía violentamente. En cierto momento, movió uno de sus brazos hacia uno de los subordinados de Alastor, y la cera de sus pies comenzó a atraparlo y a ahogarlo. El líder encendió una de las antorchas que había desperdigadas, y la acercó a la criatura, que en un principio pareció enloquecer ante la llama, para luego mostrarse sumisa ante su creador. Colgaron el fuego cerca del monstruo, y se quedó inmóvil, parecía incluso temerlo.

 

Crean o no los que lean estos delirios y fórmense su propia opinión al respecto de sus sentimientos ante tales palabras, pues la imaginación no me da para describiros como se me encogió el corazón ante tales barbaridades.

 

Cuando me di cuenta, incluso había dejado de respirar y tuve que hacer fuerza solo para que el aire llegase a mis pulmones. Una vez más calmado, revisé la estancia. Alastor se aproximó a otra de sus víctimas secuestradas de la ciudad, elegidas y no al azar. Reconocí a algunos de los presentes. Todos ellos eran parte importante de la ciudad, miembros de familias famosas, no todas ellas por sus riquezas o contribuciones. Eran las familias más antiguas de Arkham, por eso eligieron a Enma y su padre, pero fallaron a la hora de intentar convertirlos en estos monstruos. Necesitan la sangre más antigua que puedan encontrar.

Noté como caía grava en mi hombro mientras me mantenía escondido en la grieta. Trish me estaba avisando desde arriba, señalándome al techo, dónde en el centro, en lo más alto, había una antigua lámpara de araña. La habían convertido en una celda improvisada colgante, atisbé la forma de Dylan en su interior. He de confesar, que en aquel momento me sorprendió más que Alastor mantuviese su promesa —dejar vivo a Dylan si no le daba problemas—, a que realmente siguiese con vida. El alivio empezó a hacer mella en mi concentración, convirtiendo la alegría inicial en tensión y responsabilidad. Necesitábamos un plan, y no podíamos ni comunicarnos sin que nos detectasen al apenas movernos.

Necesitaba provocar una distracción, solo Trish podía llegar a Dylan desde arriba. Escalando, abriendo su jaula —no sería problema con sus habilidades para el allanamiento—, y bajando con él de nuevo, o aprovechando la altura para salir por las grietas superiores, pero la verían en cuanto empezase a trepar.

Tenía cientos de estrategias posibles a seguir. Todas ellas, de manual, solían acabar mal en esta clase de situaciones, y más ante algo que no sabía cómo iba a reaccionar con exactitud. Tenía, a decir verdad, muchas conjeturas acerca de ciertas cosas, pero empezaba a unir piezas. Estas criaturas se comportaban, en cierto sentido, parecidas a los sonámbulos de las cloacas, se dejan llevar, y no parecían ser del todo conscientes de sus actos. Cuando estuvimos en el túnel, solo hubo un momento en el que no atendieron los deseos de Alastor, cuando Devitt gritó y disparó su arma. Parecía ser que mostraban pleitesía a la dominación; al que parezca tener el control de la situación y sea el líder, real o ficticio. La cuestión es que debe parecer que llevas las riendas. Pero lo más interesante era el fuego, que controlaba aquella criatura de cera. Empezaba a sospechar que solo había un monstruo, y que se repartía entre sus huéspedes, encerrándolos y controlándolos. Sin embargo, el fuego, en primera instancia, la repele, tensa sus nervios, y finalmente se somete a él. Con cierta cantidad elevada de llamas, quizá se descontrole, se vuelva agresiva e insubordinada. Alastor tiene cierto manejo y control sobre ella, pero creía saber el motivo: era el huésped principal, la cera estaba en su interior, protegiéndolo, pero no lo había transformado en una criatura irracional. Me basaba en su capacidad para fundirse con ella, manejarla. El detalle final venía del disparo que recibió en el túnel; no solo no parecía herido, sino que me fijé en el rastro que se arrastraba al foso antes de salir de las profundidades. El rastro no era de sangre, su herida supuraba la cera que ocupa esta sala, tal vez él sea el medio.

Todas eran teorías basadas en una ciencia que desconocía, y eran razonables en cierto modo e intensidad. Y aunque no quería recurrir a ellas, si el plan principal fallaba, tendría que improvisar.  Quería tener todos estos datos en la cabeza para la hora de las medidas desesperadas. Sé que le prometí a Trish nada de imprudencias, pero tenía que salvar a Dylan. Todo el mundo miente.

La lámpara que sujetaba a Dylan estaba llena de velas encendidas que derramaban también cera, creando una pequeña cascada circular en el centro de la sala. Si todo salía mal, tenía un plan a la altura del desastre. Pero en principio tocaba ser conservador, les debía el intento.

Rodeé el lugar por las zonas más oscuras, la suerte era, que quitando a Alastor, el resto de los presentes no parecían ni muy atentos ni avispados. Temía por la capacidad de observación de las criaturas y la cera en sí, que llegaba a mis tobillos. No tenía ni idea de cómo detectaban y entendían su entorno aquellas criatura. De momento había dos inmóviles, y un tercero saliendo del confesionario, siendo controlado por el líder.

Llegué justo detrás de uno de los confesionarios aún en cocción. A mi espalda había una grieta que podía llevarme al exterior, dando a la parte del acantilado y el mar, una vía de escape. Llevaba gran cantidad de morfina —mi cloroformo personal—, inyectado directamente al cuello dejaría inconsciente a un elefante. Tenía un pequeño cuchillo de supervivencia, y, por supuesto, el revólver de Dylan. Tendría que bastar. Ninguno de ellos iba armado, pero a Alastor no le hacía falta. Empujé el confesionario, que al no estar sujeto ni anclado a nada, fue fácil desequilibrarlo. Antes de que se tumbase, salí por la grieta del edificio. Dentro se escucharon los gritos y las órdenes. La madera se rompió, liberando la cera y el preso, no quería ni imaginarme como sería una de esas criaturas a medio formar. La lluvia había empezado a golpear de nuevo con fuerza, aun así, era mucho mejor estar fuera. Recorrí la fachada, hasta que di con el siguiente flanco, el hueco en la pared me dejó justo detrás de otro de los confesionarios. Repetí el proceso. Las maldiciones y preguntas de Alastor rebotaban en las paredes, dándole una sensación de omnipresencia. La propia cera parecía ponerse nerviosa, revolviéndose y burbujeando. Fui al tercero, el último aún en pie. Ya había tres criaturas en la sala, por suerte inmóviles ante sus antorchas. Fue entonces cuando todo se desmoronó. Del confesionario que intentaba empujar y liberar a su criatura a media formar, salió un largo y pesado brazo que atravesó la madera, apresándome. La cera que lo cubría empezaba a asirse a mi garganta, eché mano de mi cuchillo, y pude cortar a tiempo para zafarme de la presa. La madera quebró, y tras ella el cuarto monstruo me perseguía con movimientos tan lentos y toscos, como perturbadores y amenazantes. Pero justo al llegar a una zona sin salida, algo le detuvo, un fuego proveniente de la antorcha que sujetaba Alastor, ya consciente de mi presencia. Lo calmó, y lo controló, dejándolo a mi lado, quieto. Yo estaba aún más inmóvil si cabe, atenazado por la situación. El líder me miraba impasible, inalterable, calmado. Una vez domesticada su bestia, se dispuso a hablarme.

—Veo que tu imprudencia es aún mayor que tu inteligencia. ¿O acaso dudabas de que cumpliese mi parte del trato? No, estás aquí por tu adicción a los problemas, querías ver con tus propios ojos lo que se te prohibió. Pones por delante tu curiosidad, tu necesidad de saber, a tu vida y a la de los pocos que te importan. No has cambiado nada.

Su único ojo me leía, me examinaba e interpretaba mi historia, me conocía.

— ¿Ahora resulta que sabes quién soy? No me fio de ti más de lo que me fiaría de cualquier criminal, estoy aquí para salvar a mi amigo.

Mentí, parcialmente.

—Eres famoso en la ciudad, llevo tiempo vigilándote, sé cómo piensas, cómo actúas. Eres egoísta y caprichoso. Hay pocas cosas que alivien el dolor que causa tu indiferencia crónica, y tus seres queridos no son una de ellas. Quieres saber lo que es esto, ansías conocer todos los detalles. Pues deja que se vayan, quédate y descúbrelo.

—Tal vez yo no entienda estos rituales, alejados de todo lo humano conocido, pero tú has dejado de recordar cómo funcionamos dentro de nuestros límites. Hacemos lo que sea para conservar lo poco que tenemos, siempre fuimos unos idiotas.

Alastor comenzaba a gesticular para dar órdenes a la cera. Saqué el revólver lo más rápido que pude. La primera bala se hundió en el cráneo del imponente sectario, la segunda impactó en la polea que sujetaba la lámpara donde estaba encerrado Dylan. Él y Trish —ya dentro, lo había comprobado antes de disparar—, cayeron justo encima de Alastor, aplastándolo y aprisionándolo. Las velas y fuegos de la lámpara se desperdigaron, y empezaron a quemar la madera rota de los confesionarios.

Levantamos a Dylan como pudimos y salimos de allí corriendo, perseguidos por los torpes monstruos, que sin las órdenes de su líder parecían perderse. Apenas intentaron retenernos los subordinados de Alastor, repelidos por el fuego del revólver.

Pudimos salir del monasterio y atravesamos el bosque. Al girarme antes de adentrarnos, vi que se había formado un muro de llamas. Más allá de él, veía la figura de Alastor observándome a lo lejos, sonriente, invitándome con su brazo para que fuese hacia él. Del edificio empezaban a salir surcos de cera, adueñándose de los primeros árboles, el fuego se paró con la lluvia y las olas crecientes del mar se encargarían del resto. Huimos, sin mirar atrás, corriendo, superando nuestras fuerzas. Las cenizas de aquel mal, antiguo y profundo, inundaban el viento, adhiriéndose a los árboles, a los caminos, la ciudad, a nosotros, incluso más adentro de nuestros huesos, ancladas en nuestras almas. No olvidaríamos jamás aquella noche. Ellos no lo harían. Cuando llegamos, la ciudad estaba agitada por el fuego que se veía a lo lejos, movilizándose para ir a apagarlo. Deseábamos que cuando llegasen, no quedase nada de aquel horror, que por un designio del azar, se rompiera la tierra y cayera por el acantilado. Aprovechando el escándalo pasamos desapercibidos, camino a casa.

Llegamos muy entrada la madrugada, caímos rendidos en nuestro habitual sofá. Dylan, que había estado semiinconsciente desde que le rescatamos, empezaba a despertar. En las comprobaciones no parecía herido de ningún modo.

—¡Por todos los locos que hay en Arkham, Dylan! Despierta de una vez, amigo.

—¿Eh? Trish… Adam…, ¿sigo vivo?

Hubo ciertas risas amargas, pero agradables, Trish le contestó.

—Vivo un día más para incordiarnos, Dylan. Menos mal que estás bien.

—Fue horrible. Hacían una especie de ceremonia con los miembros de sangre más antigua de la ciudad, un rito de transformación. Los aislaban de todos sus sentidos, menos uno, para aumentar su desesperación. Dejarles algo les hacía creer que aún seguían siendo ellos mismos. Después, los transformaban con esa extraña sustancia y el resultado era una nueva criatura…

Yo escuchaba con interés. Pero cuando su nerviosismo aumentaba y empezó a  balbucear, Trish lo paró.

—Eso ya no importa, hemos acabado. Descansa Dylan, la policía se encarga de lo poco que hayamos dejado. Hemos terminado.

Trish llevaba razón. Solía llevarla. Preparé una bebida caliente y fui a ver al comisario. Dormía como un santo, junto a nuestro preso.

No dejaba de darle vueltas a todo. El caso había terminado, al día siguiente iniciamos un breve periodo de descanso y volveríamos a la rutina. Hacía menos de un día, eso parecía imposible. Y en efecto, para mí lo continuó siendo. La gota que colmó el vaso fue una nota que encontré entre los ropajes de Dylan:

“Buscas saciar tu sed de conocimiento, por eso vendrás al puerto de Arkham a la noche siguiente de nuestro último encuentro. Da una buena despedida a tu amigo y a tu esposa, será la última.”

Estaba firmada por Alastor.

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