12 de octubre de 2150. Marte. Asentamiento de Sígnum.

En la distancia, el cegador influjo del planeta artificial azul revelaba un orden que era único, exclusivo, inhumano.

La evolución se reducía a la profundidad con la que sus diamantes surcaban nuestra acristalada bóveda, quebrada en microscópicos fragmentos.

Nos gaseaban. Aun con el traje protector, era erosionado en carne viva, apenas podía reconocerme y menos aún distinguir personas entre los bultos que despresurizaban sus trajes, emitían balbuceos y se lanzaban de bruces contra el asfalto. Era un suicidio colectivo; nosotros, que creíamos en la universalidad. Máquinas desbrozadoras perforaban la tierra hasta las entrañas, y acidificaban su nueva propiedad con el fin de adecuarla para una estructura embrionaria de la Matriz Instructora de Ejércitos, cuya programación amparaba un solitario objetivo, acaparar en la vastedad material.

Aquellos a quienes observaba no eran sujetos, y no por la ciencia integrada en sus cuerpos. Eran el depredador perfecto.

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